El Séptimo de Caballería

Blog de historia de los alumnos de 2º Bachillerato Internacional I.E.S Miguel de Cervantes Saavedra

Rincón literario

En este segundo número de “elseptimodecaballería” hemos querido introducir una nueva sección titulada “Rincón Literario” en la cuál demos oportunidad de presentaros obras donde se mezcle la literatura y la historia. Y qué mejor forma de comenzar con un verdadero maestro del relato. Se trata de Santiago Casero. Nacido en Fuente el Fresno, Ciudad Real, en 1964, vive actualmente en Alcázar de San Juan, Ciudad Real, donde imparte clase en un Instituto de Enseñanza Secundaria (I.E.S. Miguel de Cervantes Saavedra).

  Licenciado en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid, está casado y tiene un hijo y una hija, a los que dedica el tiempo que no le roba la pasión por la literatura, sobre la cual suscribe las inquietante observación de César Aira: “Fuera de la literatura, me era en extremo difícil vivir, así que no dejé casi nada fuera. Aun así, al mismo tiempo, todo está afuera…”

     Esta celosa afición le ha permitido, sin embargo, obtener alguna que otra estimulante recompensa literaria, como el XXII Premio Internacional de Relatos “Max Aub” (publicado por la editorial Pre-Textos), el primer premio del VI Certamen Literario “Ana María Aparicio” o el primer premio del IX Certamen de Relatos “Emilio Murcia”, además de algunos accésits y segundos  premios:  en el XXIV Concurso de Cuentos en castellano “Gabriel Aresti” de Bilbao, en el X certamen literario de relato breve “Villa de Colindres” 2.007, en el XI Certamen Internacional “Ciudad de Torremolinos”, en el XIV Certamen de Cuento Marco Fabio Quintiliano, en el Certamen de Cuentos de la Fundación de Derechos Civiles “Todos somos diferentes” 2006, en la IV edición del Certamen de Microrrelatos ‘El Basar’ de radio Montcada, en el III Certamen de Relato Corto Aljarafesa de Sevilla, en el Concurso de Cuentos “Villa de Torralba” 2006 y en la edición 2008 del certamen nacional de poesía “Guadiana”.  Ha resultado finalista en otros tantos certámenes.

  Además, ha sido editado en distintas colecciones de relatos, y es autor de una novela, finalista en el certamen internacional “Juan Rulfo” de 2008 y en el II certamen internacional de novela Qué leer-Volkswagen.

 

            Nos presenta en este caso “Sombras”, un relato que consiguió el I Premio del VI Certamen Internacional de Relatos “Emilio Murcia”. Esperamos que os guste a todos aquellos amantes de la buena literatura.

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                          elseptimodecaballeria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOMBRAS   por Santiago Casero

 

(1º premio de certamen internacional de relatos “Emilio Murcia”  )

 

 

 

                                                                                              El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos.

Jorge Luis Borges, El libro de arena

 

 

Uno 

 

Las emociones de Ichiro son ahora de una naturaleza vacilante. La luz en la ventana de su casa le hiere y le alienta por igual: desprende la tibieza del hogar que le ha faltado durante diez años, pero, al mismo tiempo, sugiere que la existencia ha seguido desenvolviéndose sin necesitarle. En el barco que le ha devuelto a su país, en cambio, aún prevalecía en él una felicidad plena y agotadora que le hacía sudar desde la raíz de los cabellos. Ichiro tiene el pelo corto y cerrado sobre las sienes. En el ejército ha llevado el cráneo afeitado casi permanentemente, sobre todo a causa de los feroces parásitos con los que ha tenido que convivir dentro de una sucia trinchera en  el cauce seco de un río en Manchuria, mientras esperaba a los rusos. Después, seis años de amargo cautiverio en Siberia no le han permitido descuidar en nada las obligaciones básicas del soldado, como el cabello o la ropa de campaña. Él ya no es un soldado, pero todavía viste el uniforme pardo de la infantería del emperador.

 

Sólo al desembarcar en suelo japonés y observar los signos conspicuos de su civilización atormentada, aunque renovados ya por una posguerra servil, ha comenzado a experimentar una forma de pánico que no ha conocido ni siquiera en la batalla. No os presentéis de pronto en vuestra casa. Pensarán que sois un fantasma. Ha pasado tanto tiempo… Cuatro años de guerra y  seis esperando la repatriación en un campo de reeducación y de trabajo. No es fácil recordar el resto de la admonición, que comparte el calor de un consejo sabio y amistoso con la intolerancia neutral de una ordenanza militar. No es fácil recordar las palabras sobre todo porque están cuajadas de penosos presagios. Ha pasado tanto tiempo… Tal vez por eso ha elegido el amparo de la noche para regresar a su pueblo. A su hogar.

 

 Ya ante su casa, la tozudez de un escenario que se ha negado a cambiar en todos estos años le proporciona la inquietante certidumbre del carácter voluble del tiempo. El alma de Ichiro sabe bien que han pasado diez devastadores años sobre sus huesos, pero el sencillo edificio de madera y los árboles que lo rodean se niegan a aceptarlo. Permanecen en el mismo estado en que los dejó cuando fue reclutado. Una sombra cruza entonces la única ventana iluminada de la casa y desaparece enseguida. Poco después retrocede y reaparece. Se detiene ante la ventana ofreciendo una silueta en escorzo, inmóvil. Una mujer. Su mujer. Luego, otra silueta comparece en el pequeño escenario de luz. Un hombre. Va al encuentro de la otra sombra, se funde con ella un instante, la traspasa con naturalidad y desaparece por el lado contrario: una mujer y un hombre que se encuentran en la noche en un teatro de sombras doméstico e involuntario. Una mujer. Un hogar. Un hombre. Ideas sueltas, sencillas, asociadas a un mundo sin sobresaltos, dichoso. En paz. Preñadas, sin embargo, de una amenaza latente. Tal vez vuestras mujeres se hayan vuelto a casar. Lleváis fuera tanto tiempo… A algunos incluso se os ha dado por muertos… Ichiro piensa en la vida como en una habitación de donde él ha desaparecido. Un fantasma.

 

¿Cómo se enfrenta uno a un naufragio afectivo, a una pérdida, a la soledad repentina? No sirven ni el valor, ni la camaradería, ni el sordo estímulo de la patria en guerra. La derrota conyugal no admite ni siquiera el patrón del honor que ha aprendido en el ejército. Además, todo está causado por un equívoco absurdo pero de consecuencias irrevocables: él no está muerto. No está muerto ya, pero antes sí lo ha estado. Lo ha estado para el mundo. No puede culpar a su mujer. Le habrá llorado. Habrá organizado sus exequias. Le habrá añorado después. Tal vez no le ha olvidado todavía.

 

 Ichiro rodea su casa. En la parte de atrás no hay más luces encendidas. Mejor. Mejor la engañosa apariencia de un mundo extinguido si él lo está también. Identifica entonces la sombra del ciruelo que plantó cuando nació su único hijo, Rinzo, siguiendo la tradición del Shinto. Es un ciruelo alto, de doce años, y tiene unas flores rojas que en la hondura de la noche parecen manchas de sangre. Una lengua de viento templado atraviesa entonces la calle y sacude el árbol dejando un susurro de hojas en el aire. En una ventana oscura de la primera planta Ichiro advierte de pronto una presencia. Está erguida tras el alféizar. Reconoce a su hijo, que lo saluda con la mano desde la penumbra del vano de la ventana. Hay una naturalidad absoluta en el gesto de reconocimiento de Rinzo, a pesar de que ha pasado tanto tiempo y ambos deben de haber cambiado. Ichiro le devuelve el saludo, pese a que sabe que Rinzo murió en el segundo año después de su partida a causa de una enfermedad infantil incurable en medio de la penuria de la guerra. Tiene, sin embargo, el rostro despreocupado de un adolescente que contempla el regreso de su padre de un corto y feliz viaje de trabajo. Mueve la boca, como si hablara, baja el brazo que ha agitado alegremente para saludarle y se retira de la ventana con la aparente intención de recibirle en la puerta. Ichiro se sienta en la húmeda hierba y coloca la cabeza entre las manos conteniendo a duras penas el brote de un sollozo apagado.

 

 

Dos

 

En el templo, ante las numerosas velas encendidas y el dulce aroma del incienso, Ichiro puede sentir el álgebra de sus dioses infinitos. O al menos algo que le recuerda de una u otra manera a la muchedumbre. En la guerra ha tenido la definitiva experiencia de la masa, de la que él ha formado parte, y cuyo destino ha sido inexorablemente la combustión o la culpa. No puede olvidar el hedor de la multitud calcinada, pero en ese instante le es concedido extraer de las luminarias del templo el benéfico sentido del consuelo y el reposo. Está cansado. Extiende una manta en el suelo, se tumba sobre ella y comienza a rezar. Cierra los ojos. El día ha sido muy largo: la llegada al muelle de Maitsuru; los inesperados postes con mensajes de bienvenida; el trayecto en tren hasta la estación de Ueno, en Tokio; las mujeres y los niños en el andén, vivos, pese a lo que les habían dicho los rusos, vestidos todos con colores y atuendos inhabituales en la memoria que conserva de Japón; el ulterior recorrido hasta su pueblo, remontando el atardecer; el encuentro furtivo con su pasado… Ichiro se queda al fin dormido. En el sueño es visitado por sus antepasados y por los enemigos que ha matado en el campo de batalla, fundidos todos en una mixtura incorpórea que, en esa manera tácita en que se expresan los sueños, le ofrece la redención de un pecado  que Ichiro no ha asumido todavía. De repente se despierta sobresaltado por el suave siseo de unos pies que se arrastran en el claroscuro del altar. Se incorpora. La asustada expresión de un rostro redondo aparece entonces a la claridad de las velas. Hay en esa mirada un asomo de desconcierto y de terror, que desemboca enseguida en un chillido casi felino, largo e inarticulado. A Ichiro le entristece que un sacerdote palidezca así ante la visión de un muerto: debería estar acostumbrado a relacionarse con lo invisible. No grites. No tengas miedo. Soy Ichiro. No he muerto… El religioso está ahora respirando fatigosamente, sentado en los escalones del altar en una postura de abandono. Ichiro extrae su cantimplora del petate que lleva a la espalda, le da de beber pequeños sorbos de agua y le pone la mano sobre el hombro, intentando transmitirle la materialidad de su existencia.

 

     No estoy muerto. He vuelto, he vuelto…   

           Eres Ichiro, Shigeichi Ichiro. No puede ser…

           No te asustes…    

           Yo hice tu funeral, estás muerto…

 

Poco a poco, Ichiro consigue convencer al anciano de que todo ha sido un error, de que la identidad en la guerra a veces se disuelve en la confusión de la hecatombe. Y no sólo la identidad. A veces también la voluntad. Te conviertes en otro. Ichiro siente un fuerte deseo de emprender algo semejante a la confesión, si bien no está seguro de cómo hacerlo. En el campo de trabajo ha adquirido el hábito del arrepentimiento, pero en el formato estalinista de la conversión: el individuo desamparado en medio de un páramo espiritual buscando la manera de compartir sus precarias certezas. He participado en actos terribles…   El sacerdote baja la mirada al suelo con parsimonia. Se ha sentado recogiendo las piernas, en una actitud que sugiere que ya se domina a sí mismo y al código de su oficio. Ichiro recuerda que los sacerdotes son llamados  shin-kwan. Funcionarios de los dioses. Comprueba que el flujo sanguíneo reaparece poco a poco en las mejillas del anciano. En la frente ha emergido un paño terso que proporciona a todo su semblante la serenidad de quien se entrega a la tentación de ser benévolo con los demás.  …unidad 731…, en Manchuria.- continúa Ichiro. Un pequeño surco entre las cejas, que se hace un poco más profundo y oscuro, es la única huella de la sacudida que esta confesión causa en el sacerdote. Han sido pronunciadas palabras prohibidas que la conciencia de su raza ha encerrado en el mausoleo de la amnesia colectiva. El único consuelo que puede ofrecer a Ichiro consiste en dejar que todo se diluya en la inercia de la resignación. El joven lo entiende todo. Comprende que ha caído en la trampa de una penosa debilidad: ha creído que podría compartir el insoportable peso de su culpa. Habría querido pasar la noche en el templo y volver a soñar. Sin embargo, recoge su manta y la guarda en el macuto. Las suelas de sus borceguís de infantería están tan gastadas que la humedad de las piedras  del templo se comunica a los huesos de los pies. Se dirige a la salida y, desde la puerta, se vuelve a mirar al sacerdote, que permanece en una silenciosa quietud. Éste alza de pronto los ojos del suelo.

 

                     Se te ha otorgado el nombre de un muerto…- dice.  

                      ¡…!   

                     …, es la tradición.  

                      ¿Qué nombre?   

                     Shotaro tiene tu urna.    

                      ¡¿Qué nombre?!

                      Ahora llevas el nombre de un muerto.

 

 

Tres

 

El tren que lleva a Kobe, donde ahora reside lo que queda de su familia, transcurre casi totalmente a lo largo de la costa occidental, que es escarpada y rocallosa, pero al mismo tiempo amable, porque ha permitido durante siglos el acceso de los hombres y sus aparejos de pesca hasta el mar. Ichiro ha llegado otra vez a Ueno, donde vuelve a conmoverle la multitud refugiada todavía en los túneles y andenes, y ha subido después a otro tren en la estación de Shimbashi, de donde parten las líneas de ferrocarril que van al sur de la isla. Venas por donde aún circula la sangre del animal herido que es Japón. En el vagón, una pareja de ancianos está sentada frente a él. Viste el hábito tradicional, que le parece un poco extravagante ya, y contrasta vivamente con su ajado uniforme militar. El hombre permanece muy erguido, pese a llevar colgada de su cuello mediante un lienzo blanco la urna cineraria de su hijo, que le habrá sido entregada en Tokio. La mujer, en cambio, mantiene la boca entreabierta y las ojeras y los párpados están tan hinchados que impiden casi del todo la posibilidad de una mirada. Aunque no soporta ningún peso visible, tiene la cerviz vencida hacia delante y una expresión perpleja y ausente. Ichiro se da cuenta de que hay en el vagón más personas portando las cenizas de jóvenes soldados caídos en la guerra. Y en los otros vagones probablemente habrá otras tantas. Él también está encerrado en el interior de una urna que su hermano mayor Shotaro llevaría resignado consigo, tal vez en este mismo tren, y que su familia custodiará ahora en un rincón destacado del hogar: la casa del alma.  Las autoridades del Centro de Tránsito no han sabido decirle si los suyos han sido informados de que Ichiro no ha muerto en el frente, de manera que es posible que de nuevo tenga que moverse con cautela a lo largo del estrecho lindero que separa el estar vivo y el ser ya una sombra para los otros: presentarse en un cuerpo animado aunque lacerado por las heridas recibidas del enemigo y del tiempo, y también por las que él ha infligido a los demás. Mostrarse padeciendo el pudor de no haber muerto.

 

 Por fin, la máquina se detiene. Al descender del vagón, Ichiro observa cómo los portadores de urnas se confunden enseguida con la muchedumbre de la estación. No parecen esperar recibimiento alguno. No se miran unos a otros. Simplemente desaparecen representando las variables emociones humanas que van desde el orgullo que proporciona el haber sacrificado el tesoro de un hijo joven en la guerra hasta el abatimiento definitivo que nunca va a encontrar consuelo. Ichiro sale a la calle. Kobe presenta la misma imagen de renovación perentoria que ha visto en Tokio. Va adquiriendo, como la capital, el aspecto de una ciudad que más que olvidar su pasado pretende modificarlo. Piensa que hace falta una destrucción muy radical y duradera para que los habitantes de una ciudad no intenten levantarla de nuevo. Algunos edificios antiguos, no obstante, resisten en pie, rodeados de construcciones nuevas en las que bullen la transacción y el negocio: no existe devastación tan profunda que impida que brote el comercio humano, aun en forma de intercambio primario de cosas y personas. Sin embargo, quien, como Ichiro, ha visto incendiarse el mundo una vez, siempre teme que vuelva a ocurrir de nuevo. Además, a causa de su condición de excluido, se siente liberado de tener que contribuir a ese nuevo crecimiento orgánico, celular, que periódicamente experimenta una sociedad, sobre todo después de un conflicto bélico. Una suerte de mitosis social que tarde o temprano desemboca otra vez en un tumor. En una guerra en la que se baten las desproporcionadas ambiciones de las razas.

 

Sin darse cuenta, ha llegado al barrio donde vive su hermano. A su calle. A su casa. De nuevo frente a unas ventanas que se ofrecen como escenarios indiscretos de la vida que se oculta en su interior. El edificio es nuevo también, pero proyecta la desoladora vibración de la fealdad irremediable en que a veces se presenta  la materia. Decide entrar sin esperar ninguna señal que se vea obligado a interpretar y con la que tal vez vaya a equivocarse. Ante la puerta, mientras espera tras haber llamado, escucha el sonido asimétrico de unos pasos que se aproximan. La puerta se abre entonces. ¡Shotaro! Su hermano parece atónito, pero al mismo tiempo lo examina. Primero recorre el tercio superior de su cara; después el resto de su fisonomía. Ichiro observa, a su vez, que el semblante de Shotaro da muestras de un agotamiento que no es sólo biológico y que ha llegado ya a los huesos del rostro. Te estábamos esperando. A Ichiro le sorprende el abrazo vehemente de su hermano, porque en su país la efusión de los afectos ha sido siempre un acto anómalo. Propio de extranjeros. Al estrecharle fuertemente entre sus brazos, Shotaro ha dejado caer una muleta de madera al suelo. Ichiro se libera con cuidado del abrazo y se agacha para coger la muleta. Sostiene a su hermano con una mano mientras se inclina hacia el suelo: la pierna de Shotaro está amputada por encima de la rodilla y acaba bruscamente en el falso dobladillo de un pantalón oscuro. Todos hemos perdido algo en la guerra– explica Shotaro. Y echa a andar. Precede a Ichiro por un corredor batiendo rítmicamente la muleta en la tarima del suelo. Le conduce hacia una habitación de donde surgen una luz tibia y un silencio intenso.- Pero ahora estamos juntos de nuevo. – Shotaro vuelve ligeramente la cabeza hacia su hermano. En un desnudo cuarto, un anciano yace postrado en un diván. Parece disecado y frío. Ichiro se aproxima al hombre  y se arrodilla lenta y ceremoniosamente ante él. Tiene los ojos vacíos y la expresión absorta de quien ya no espera nada.

 

Padre…   

       Nuestro padre no puede reconocerte. Te ha olvidado. Nos ha olvidado ya a todos, Ichiro.   Ichiro no puede apartar la mirada del rostro opaco del anciano. Lo cierto es que la distancia entre ambos no ha traspasado nunca la línea de lo que se considera habitual entre padres e hijos en Japón. Y en el caso de los no primogénitos esa relación se aproxima al cero afectivo, carente en absoluto de reciprocidad y condicionada del todo por una instrucción asentada en la autoridad y en el respeto. Sin embargo, la extinción virtual de su padre provoca en Ichiro la angustiosa sospecha de la disolución de un mundo. De pronto se siente ridículo representando el papel de guerrero de otro siglo retornando al hogar. Se da cuenta de que ha arrastrado por las calles de Japón, como en trance, los harapos de una indumentaria privada ya de sentido, si no es para evocar precisamente una época cancelada por la derrota.

 

       Shotaro, necesitaría un traje…, una chaqueta. 

       No tengo apenas nada, pero puedo darte una camisa limpia. Haciendo un gesto con la barbilla y la muleta al mismo tiempo, le señala una puerta al otro lado de la pieza. El interior de un baúl que encuentra allí delata crudamente el estado de necesidad que se desprende de las palabras que Shotaro acaba de pronunciar: apenas unas pocas prendas bien planchadas entre las que Ichiro escoge una camisa. También algo parecido a una lata envuelta en un lienzo blanco. Empieza a vestirse. En sus movimientos hay una parsimonia premonitoria. Una congoja que empieza a abrirse paso entre la confusión de lo ocurrido. Sus ojos no quieren  mirar la caja en el fondo del baúl, pero tampoco pretende engañarse: ha de aceptar que sus cenizas no hayan merecido nunca en esa casa el lugar de veneración que habitualmente se reserva a los antepasados y a los héroes. No le sorprende. No le ofende. Piensa que le bastaría con alcanzar un día alguna forma de redención todavía impensable. O al menos el precario sustituto que es el olvido. Titubea. Es presa de un dilema cruel: podría cerrar el baúl y clausurar así tal vez para siempre lo que ha sido hasta hace poco la realidad llamada Ichiro. Sin embargo, hunde sus brazos en la triste oquedad del baúl y levanta su urna. No pesa. Se dirige con ella al cuarto donde esperan su padre y su hermano. Éste, al verle aparecer, hace un mohín casi imperceptible de asentimiento. Ichiro se detiene en medio de la habitación. Agita la urna, en cuyo interior se percibe un objeto sólido y menudo que se desplaza golpeando las paredes del recipiente. Su padre gira entonces la cabeza como olfateando una presa. Las pupilas de sus ojos, enrojecidos por una fatiga antigua y duradera, se cubren de una película acuosa. Ichiro abre la caja. Extrae una tablilla de barro cocido. Grabada en ella puede observarse la hermosa caligrafía en la que se expresa desde hace siglos su civilización. Los ideogramas que designan a una sombra.

 

 

Cuatro

 

Una tarde, sentado en la entrada de una cabaña en la selva birmana, Ichiro fue alertado por un rumor que se aproximaba a su posición. Estaba solo, velando absurdamente un territorio desolado y agreste en el que reinaban los mosquitos, los pájaros y la humedad. Poco a poco, el amenazador zumbido se fue transformando en un fragor en el que se barruntaban la gasolina y la muerte: una patrulla americana avanzaba hacia él calcinando la vegetación a su paso con un lanzallamas. Nunca sabrá por qué, pero el enemigo varió de repente su trayectoria y se perdió en la profundidad de la espesura. Sin embargo, Ichiro, durante unos minutos, se había preparado para desaparecer. Sólo pensaba en acostumbrarse a no existir. Ichiro se da cuenta de que esa es precisamente la clase de angustia que ha experimentado al leer la tablilla. La lleva en un bolsillo. Despojada de su recipiente solemne parece un objeto banal. Pasa las yemas de sus dedos por el perfil hueco de las palabras grabadas. …Se fue con la mayoría. Le parece natural que sus pasos le acaben llevando a su casa otra vez.

 

Cuando el tren lo deposita de nuevo en la pequeña estación de su pueblo no sabe bien todavía qué va a hacer. Sólo está convencido de que es mejor dirigirse antes a un Centro de Tránsito. El Centro de Tránsito es una comisaría  junto a la propia estación. Un lugar en el que rige la certeza de las normas, de las órdenes, de los horarios, de los uniformes y sus grados… Todo lo que es seguro.  Todo lo que comprende. Le conforta, por tanto, cruzar las puertas y encontrar a un suboficial sentado tras una mesa. Éste seguramente le ha visto, sin necesidad de mirarlo, recurriendo al difuso campo visual que rodea al epicentro de la mirada. Pero no levanta la cabeza de su tarea. Escribe. Se escuchan  el roce de la pluma sobre el papel  y el vapor de una máquina que en las vías echa a andar pesadamente en ese preciso instante.

 

     ¿Qué quieres?   

           Me llamo Shigeichi Ichiro…

            ¿¡…!?  

             …unidad 731.

 

El funcionario ralentiza la velocidad de su escritura pero no se detiene. Continúa sin levantar la vista. El ruido del tren es ya un temblor intermitente que se aleja. O tal vez son las nubes que oscurecen el horizonte tras los cristales de la oficina que traen el eco lejano de un trueno. Ichiro saca la tablilla de su bolsillo y, sin saber por qué, la arroja sobre la mesa. El policía alza los ojos un instante y vuelve a bajarlos en el acto. Con la punta de su pluma empuja la tablilla hasta el borde de la mesa en dirección a Ichiro.

 

           ¿Estás casado? 

            Lo estuve.   

            No vuelvas a casa. Hay muchas mujeres solas por culpa de la guerra. Te            buscaremos a otra.    

           Yo no quiero otra mujer.     

            Entonces aquí no podemos hacer nada por ti.

 

Ichiro está cerca de añadir que no quiere otra mujer porque él no quiere ser otro. Quiere seguir siendo Ichiro, aun en las condiciones que el destino le haya reservado. Al contemplar a la humanidad en fuga en los caminos de Corea, de Manchuria, de Birmania, resistiéndose a duras penas a acabar bajo la espada y el fuego que los japoneses han acarreado consigo; la humanidad hacinada en las estaciones de ferrocarril, resignada, privada de todo; la humanidad aguardando en fila su ocasión para llenar una escudilla de comida en un campo de trabajo en Siberia; la humanidad simplemente caminando despreocupada por las calles de las ciudades que intentan ocultar las señales de la guerra, agolpada frente a la novedad de los negocios que se levantan poco a poco, a veces reunida hoscamente en plazas haciendo ondear banderas y pancartas de significados confusos; al contemplar, en fin, al ser humano disuelto en el excesivo número de su especie, se ha preguntado siempre qué le hace precisamente a él, Ichiro, distinto a los otros. Observado desde fuera, nada. Nada en absoluto. Un alma entre las demás sosteniendo provisionalmente un cadáver. Pero él sabe que bajo su piel envejecida prematuramente palpita el conglomerado orgánico de un individuo llamado Ichiro. Shigeichi Ichiro. Hijo de Shohei. Padre de Rinzo, el niño muerto en su ausencia en medio del error  de la guerra. Un nudo vital de sentimientos y pulsiones que necesita un nombre para ser pensado por los demás. Que necesita además el círculo de sociabilidad de una familia, la adscripción pseudobiológica a una nación, un domicilio conocido donde gestionar sus miedos y sus esperanzas… Sin eso no es nada para sus congéneres. Ahora ha sido despojado de todo y, sin embargo, Ichiro se siente confusamente dichoso en su desnudez y en su supervivencia.  Se fue con la mayoría. ¡Es tan intensa cada vez la tentación de desvanecerse! Deshacerse entre la biomasa anónima que apenas alimenta ya el recuerdo vago que ha dejado sobre todo quien ha vivido una vida equivocada. Pero no. No funcionaría. Siempre le acompañaría Ichiro aun sin la máscara de Ichiro. Sus emociones, sus cicatrices. Su culpa. El suboficial no hace nada por retenerle. Ichiro sale por la puerta arrastrando penosamente sus botas militares. Su casa no está lejos. Está seguro de que sus pies todavía serán capaces de llevarle de nuevo al que fue su hogar.

 

En las calles de la pequeña localidad donde una vez vivió nadie parece reconocerle, ni siquiera a la clara luz del mediodía. En el escaso periodo de tiempo en que ha estado deambulando de una ciudad a otra todo ha cobrado un aspecto diferente. La cuesta pavimentada que conduce hasta su casa parece más corta y, a los lados, crecen grandes castaños que en la noche le habían pasado inadvertidos y que empiezan a cerrarse en lo alto, dejando pasar sólo pequeñas y cegadoras manchas de sol que bailan en el suelo. Su casa se yergue modesta y exenta entre otros edificios pero próxima a ellos. A medida que avanza un vacío se va apoderando de sus sentidos. Los oídos se le taponan y emiten un silbido sordo hacia el interior de su cabeza, la lengua se le queda pegada  al paladar, seca, y las manos exudan un sudor frío. En la fachada principal puede distinguir dos banderas iguales que flamean en sendos mástiles clavados en la tierra. Las enseñas blanca y roja del Japón y la de los Estados Unidos de América ejecutando una melancólica danza. Constituyen la promesa de una reconciliación dolorosa entre dos mundos lejanos verificada entre las ruinas. Sospecha entonces que el nuevo marido de su esposa puede ser un norteamericano, pero no le tortura menos que si hubiera sido su mejor amigo.

 

Decide comenzar la exploración del perímetro del edificio por la parte trasera. Tal vez espera inconfesablemente volver a ver allí a su hijo. Dirige su mirada hacia la ventana desde donde unos días antes lo ha visto saludándole con la mano. Aún lleva la tablilla de barro en un bolsillo. Aturdido por el torbellino emocional de su segundo regreso se había olvidado de su existencia por un instante, pero la improbable comparecencia de la sombra de Rinzo ha renovado  la angustia que le provoca la sentencia grabada en ella: Siendo un peso inútil para la tierra… Ichiro se estremece. ¡Siendo un peso inútil para la tierra, se fue con la mayoría! Un grito insólito ha salido de su garganta y una ventana se ha cerrado en alguna parte empujada por un golpe de viento, dejando el eco del latido seco de la madera en el aire. Recibe una inesperada bocanada de bienestar que procede de la certeza de la desaparición definitiva de Rinzo.  ¿Qué habría podido decirle? ¿Cómo explicar a un muchacho la ausencia de su padre cuando más lo necesitaba? ¿Cuánto tiempo habría podido ocultarle la infamia en la que ha participado?.

 

Por fin, echa a andar de nuevo en dirección a la parte delantera del edificio. Allí, la ventana en la que pudo ver las sombras de su mujer y del nuevo esposo de ésta tiene una hoja abierta y del interior de la casa sale la animada música  de una radio. Sube los escasos escalones que conducen a la puerta principal. El viento sopla otra vez y ahora trae consigo señales de lluvia inmediata. La empuja. Se adentra en el pasado y en el futuro con un mismo gesto. En una síntesis de su confuso presente. De todos los presentes.

 

 

 

 

 

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